Siempre leemos con gusto, en la vida de los santos reformadores, cómo ellos encontraron los medios adecuados para enfrentar los males que aquejaban a la Iglesia y al mundo de su tiempo. En cambio, nosotros, a la hora de pensar en los mismos, surge el interrogante y quedamos paralizados.
San Juan de la Cruz escribe este texto que todos conocemos, pero que vale la pena meditar una vez más:
«Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal, que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios.» (Cántico Espiritual b 29,3).
La apostasía que vive gran parte de occidente actualmente es de tal envergadura, que hay que estar ciego para pensar o imaginar que se puede superar con medios naturales. Sólo Jesucristo nos puede sacar del abismo en que estamos. Los medios sobrenaturales son los únicos superabundantes y proporcionados a la enfermedad mortal que padecemos.
El Catecismo de la Iglesia Católica dice que: «la salvación de Dios, realizada una vez por todas por Cristo Jesús y por el Espíritu Santo, se hace presente en las acciones sagradas de la liturgia de la Iglesia» (CEC 15). De esto podemos deducir que la fe, por la cual somos salvados, se actualiza en la liturgia.
Por tanto, me parece que para situarse correctamente en el tema, cuando se habla de «la reforma de la reforma» se debe considerar previamente el tema de la ortodoxia de la fe. Se trata entonces de encontrar la manera de manifestar la continuidad y el progreso homogéneo de la fe actualizada en la Sagrada Liturgia, en la moral y en la oración, a través de los Concilios Ecuménicos de la Iglesia. Continuidad y progreso homogéneo, en la misma sentencia y en el mismo sentido. He aquí una forma de superación de rupturas pre y post conciliares.
¿Cómo abordar tamaña empresa sin recurrir a la oración? ¿Por qué no atreverse a plantear como primera y necesaria medida para la reforma en la cual estamos empeñados, una vuelta masiva de pastores, religiosos y pueblo cristiano a la oración?
¿Qué sucedería si un obispo en su diócesis, un párroco en su parroquia, un abad en su monasterio, un padre de familia en su casa destinara una vez al mes un tiempo considerable a la oración, a la adoración del Santísimo Sacramento? ¿Y qué sucedería si esto viniera dado por una norma disciplinar para ayudar a dar este paso, algo así como el precepto dominical?
El culto al Sagrado Corazón constituye una expresión del avance homogéneo del dogma cristológico. El Primer Viernes es un día privilegiado para rendirle debido honor, adoración y reparación y para pedir por la reforma de la Iglesia en tiempos de apostasía.